UN POCO DE MI.

Melani

2 de abril de 2021

Aquí y por primera vez me toca sentarme a escribir un poco de mi historia. UFF… que difícil es revolver esa información que va quedando y a la vez nos va trasformando. Aquí empiezo por el nombre que eligieron para mi, me llamo Melani Garcia Tapia y al momento de escribir esto cuento con tan solo 25 años. Veinticinco dulces y galopantes años. De nada me arrepiento, ni siquiera de mi más oscura faceta. La vida es bonita pero no es un cuento de hadas.

Nací en Santa Vitoria do Palmar, más precisamente al sur de Brasil, a cincuenta kilómetros de mi verdadera cuna. El Chuy frontera con Brasil, así como le decíamos siempre a cada visitante que llegaba para disfrutar del libre mercado que ofrecen los freeshops.

El Chuy para mi fue más que una cuna, fue la posibilidad de crecer en LIBERTAD algo que hoy añoro y mucho. Cuando hablo de mi casa no puedo evitar recordar colores, olores, y esos hermosos gustos que nos convida la vida. Las reuniones en familia con asado de por medio y esas pedaleadas de verano con mi hermano teniendo como destino nuestra hermosa playa.

Recuerdo días muy importantes de mi infancia como actos escolares y la entrega de boletines con muy bajas notas. Recuerdo también esos días donde me llamaban de dirección para poder hablar dos minutos por teléfono con mi madre que se encontraba internada hacia unos meses en Montevideo a unos 360 kilómetros de mi pueblo, para extrañarla un poco menos. Pero recuerdo un día que llevo guardado en mi memoria todos los días de mi vida. Ese día caí, ese día supe que me tocaba irme de mi pueblo amado y querido. Como destino: Argentina y promesas de progreso, pero pasaron cosas….  

Cuando cruzamos el charco, mi madre, mi padre y mi hermano con una expectativa que se fue desmoronando. Desde un comienzo mi hermano y yo estuvimos muy expectantes por este cambio de vida, por este cambio de costumbres y hasta del habla. Porque, aunque les parezca exagerado nos topamos con muchas diferencias a pesar de la corta distancia. Nos instalamos en la casa de un conocido de mi tía mientras todo sucedía alrededor de la decisión de los adultos. Pero nada fue así.

Mientras mis padres regresaban a Uruguay a tratar la enfermedad que acarreaba mi mama, mi hermano y yo luchábamos con la adaptación de un país nuevo sufriendo la ausencia de las personas que ocupan un rol muy importante en momentos como ese. Así y todo, soportando momentos duros, hasta el regreso tan esperado de mis viejos. Fueron seis meses crudos que me niego a recordar. Todos los días cruzábamos los dedos para no recibir ese cruel llamado de que mi padre volvería solo. Esas podían ser las posibilidades, pero al fin y al cabo solo subestimamos el poder de una bruja.

Allí estábamos, meses después, pero juntos otra vez, lejos de las expectativas pero unidos otra vez. Alquilamos una casa por unos $600 pesos, uno de los últimos mangos que le quedaban a mis viejos entre tantas idas y vueltas y así, El Jaguel se convirtió en mi nueva casa. Allí viví mis primeras experiencias escolares, nuevos modos, nuevas costumbres, nuevas monedas, nuevo himno, nueva bandera. Para mi todo resultaba demasiado, pero sin embargo me entregaba a todas esas nuevas experiencias. Siendo honesta el colegio nunca fue mi lugar favorito, prefería estar en la sala de una iglesia aprendiendo clases de teatro pero a pesar de eso lo atravesé como pude.

Bienvenida sea la adolescencia, ¡ayyy! no llegue a leer la letra chiquita del contrato. Puedo decir que fui una niña con muchas libertades, todo podía haber sido mas grave. Pero mas que un novio a escondidas y un par de escapadas al boliche no hay.  En ese entonces mi papa y su actitud laboriosa nos llevaron a un nuevo proyecto familiar, una pizzeria ubicada en el barrio porteño de San Telmo. A partir de ahí y por algún determinado tiempo dividí mis días entre Capital y El Jaguel, entre El Jaguel y Capital.

Conectar con este nuevo lugar fue conectar con una gran responsabilidad, la capital la ciudad de la furia nos envolvió en un ritmo diferente de vida. Poco a poco la rutina fue deglutiendo los sueños y absorbiendo nuestra cotidianidad. Pero ser adolescente y contar con libertades no es lo mismo en El Jaguel que en Capital Federal. Pase de un colegio privado a uno capitalino, estatal y del turno noche. ¿hace falta que explique el cambio?

Así como la rutina fue modificado la vida familiar, La Reliquia (así se llamaba la pizzeria) me brindó un lugar, un refugio y hasta un sentido de pertenencia. Mis días transcurrían ahí, entre el sótano, los deliverys y ese olor a pizza que no se te iba ni siquiera con tres baños. Ayudaba a mis viejos en lo necesario hasta la hora del primer cierre (turno mañana) y me preparaba para partir rumbo al colegio Liceo Nro. 7, no sin antes manotear algún fatay para el bajón.  

La fauna de las escuelas estatales nocturnas es diversa. Hay de todo: los que van a estudiar, los que van por la beca, los que trabajan y quieren terminar el colegio, el repetidor incansable y quienes solo pretenden entorpecer a los demás. Allí entre toda esa fauna fui conectando con actividades que me excitaban como el canto y el baile, pero sobre todas las cosas conecté con “El amor”. Vieron que se dice que el amor salva… bueno así fue.

Ese amor transformo la rebeldía de la adolescencia en una familia. Dos simples adolescentes emprendiendo un sendero totalmente desconocido. Así fue que en menos de seis meses de noviazgo Brittany empezó a hacerse notar. Recuerdo que ese año muchos chiques de nuestra edad estaban pasando por el mismo momento que nosotros, fue como una pandemia de embarazos adolescentes. Empezamos a ahorrar, a comprar las primeras ropitas y organizar todos los turnos médicos. Y mas pronto que tarde Brittany ya estaba con nosotres.

Ser madre con 17 años para mi era estar viviendo un sueño. Siempre lo soñé, lo imagine y hasta jugaba a serlo desde muy chiquita. Pero vivirlo siendo una adolescente te quita réditos en todo aspecto, sobre todo en lo social. Te miran raro, subestiman tus capacidades, y hasta te juzgan como si tu vida y tus decisiones les pertenecieran.

Mi embarazo, mi parto y hasta mi maternidad fueron un tanto complejas. En mi embarazo recuerdo que aumente 28 kilos que me fueron llevando a diversas patologías como la hipertensión, la obesidad mórbida y un principio de diabetes por el exceso de azúcar que me envolvía. De todas las patologías la única que marcó mi vida y mi piel fue la obesidad mórbida con la que hasta el día de hoy batallo.

Cumplí 18 años pesando 113 kilos y luego de fracasar en varias dietas, abrí mi corazón y casi sin darme cuenta era la nueva participante del famoso reality “CUESTION DE PESO”. Siempre soñé con brillar en la televisión (pues ascendente en leo jaja), pero podría calificar esa experiencia como ambigua. El programa me dio experiencias, sabiduría, disciplina, y un descenso considerable de peso. Y a la vez le perdí el sentido y la magia que para mí tenia la tele. Así fue como poquito a poquito fui sintiendo que ese ya no era mi lugar, pero tampoco mi casa era mi lugar. Yo no era yo, todo parecía un pozo sin fin. Cuando reaccioné me encontré dentro de un tratamiento psiquiátrico con tan solo 19 años. Tenia que visitar todos los viernes a una psicóloga y una vez al mes a mi psiquiatra para dormir mi dolor y repetir una y mil veces todo eso que me dolía. Los meses pasaban, mi obesidad aumentaba y mi vacío era cada vez más grande.

Hay situaciones que nos marcan como un látigo y nos llevan a reacciona. En mi caso, llegue a, como le llame yo, mi último recurso como lo fue una cirugía bariátrica luego de verme incapaz de verme mis genitales, de atarme los cordones y de la enorme dificultad que me representaba jugar con mi hija. Conseguir la operación no fue nada sencillo, al contrario, pero luego de una batalla de dos años conseguí operarme pesando 140 kilos con apenas 21 años.

Hoy con el diario del lunes puedo ver en esa decisión, nada sencilla, por cierto, la gestación de quien soy hoy.  Esta cirugía no solo me ayudo a sentirme mejor conmigo misma sino también a sentirme mejor con los demás, lo que sin dudas me permitió un redescubrimiento de mi ser, de mi nuevo ser.

Redescubrirse no es para cualquiera. Estos procesos tienen altibajos muy intensos que nos llevan a navegar en las aguas más profundas y oscuras de nosotres mismes. Durante esos altibajos empecé a visualizar un norte diferente. Descubrí que había un camino que me deba el calor que yo venia necesitando. Ya no eran médicos que me indagaban y dormían mis dolores más bien eran almas que me abrazaban y me permitían ser desde un lado más físico y álmico. Entre armonizaciones, y rituales con canticos fui desconectando mi racional para darle lugar a mis instintos que se habían dormido de tanta medicación. La sanación era a través de las manos, de la intención y del amor.

Me entregue en estos nuevos espacios de amor, me abrí y confíe mis mas enormes miedos, eso me llevo hacerme responsable del cambio desde un lado más espiritual dejando atrás mis malos hábitos. Entendí que en esta vida es un cincuenta y un cincuenta. Acción por acción. Y así fue como todo empezó a fluir.  Primero llegue al reiki y conecte con el amor en primera persona. Me encontré dando y recibiendo amor a través de las manos. Y sin dudas fue un antes y un después. Luego el tarot empezó a tomar su partido. Venia realizándome lecturas que me iban guiando y cuando entendí el cometido de sus mensajes dije “esta herramienta tiene que venir conmigo, necesito ayudar a muchas personas a que encuentren su norte y el tarot sin dudas era esa bisagra”.

Estos últimos años fueron de un constante aprendizaje porque de eso de trata esta historia, de experiencias y esa resiliencia que me acompaña hasta en mi piel. Mucho y a la vez poco queda de esa niña de chuy y de esa adolescente de El Jaguel.

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Me fue llevando y me trajo hasta el aquí y ahora desde donde solo pretendo avanzar.

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